China Entendiendo el entierro en el cielo Al explorar esta práctica budista tibetana, la fotógrafa Sandra Morante encuentra una idea profundamente espiritual de retorno incondicional y entrega a la naturaleza.
Larung Gar nunca estuvo en mis planes de viaje. Ni siquiera supe nada de ello hasta que me sumergí en tierras persas. Oí hablar de este aislado asentamiento budista cuando buscaba información sobre el zoroastrismo en Irán y los diferentes arreglos funerarios que se practican en otros países.
Fue entonces cuando conocí el ritual del Entierro en el Cielo, todavía vigente hoy en varias regiones de China y Mongolia, incluido Larung Gar. Mi curiosidad me llevó a viajar y tratar de comprender las tradiciones de los tibetanos.
Sandra Morante
Larung Gar, sede de los centros de estudio del budismo tibetano más grandes e influyentes del mundo.

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Estudiante budista revisando el tablón de anuncios del recién fallecido.

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Rumbo a la explanada donde se celebra el rito del Entierro del Cielo.
Comprender los ritos culturales de otras personas, debido a nuestra limitada conciencia y condicionamiento social, no es una tarea sencilla, especialmente si las preguntas que pueden surgir están relacionadas con la muerte. El Sky Burial es una práctica que requiere un alto nivel de comprensión e imparcialidad. Quizás, a primera vista, pueda parecer un acto bárbaro e insensible a los de afuera, ya que lleva al extremo la definición de desapego de cuerpo y alma.
¿Cómo entender esta “desaparición” del cuerpo, a través de su consumo por agentes naturales, de la forma más generosa posible? Según el budismo tibetano, no es necesario preservar el cuerpo cuando la vida se extingue, porque una vez que el alma lo abandona, se convierte en un recipiente vacío. Como prueba inequívoca de la generosidad y conciencia humana, los restos de los difuntos son entregados como alimento a las aves carroñeras para que continúen con el ciclo de la vida.

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Conjunto simbólico con detalles de calaveras cerca del área sagrada del Entierro Celestial.

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Llegada de los primeros cadáveres dentro de un saco. Según la tradición, después de dos días de ritos y oraciones, se les rompe la columna para facilitar el transporte al lugar del entierro.

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Buitres merodeando en círculos esperando que rogyapa, un monje sagrado encargado de preparar el cuerpo, les permita realizar su tarea.
Estas aves son consideradas seres sagrados en el Tíbet. Su única tarea es limpiar los huesos del difunto y purificarlos. Con su ayuda, el alma humana “transmigrará” ligeramente a su próximo destino, dependiendo del karma que haya ido acumulando durante sus muchas y antiguas vidas.
Antes de llegar me pregunté: ¿podría digerir esas inquietantes imágenes de cadáveres devorados sin piedad ni amabilidad?
Durante todo el ritual permanecí inmóvil, sin pronunciar palabra. Procesar lo que estaba viviendo necesitaba una dosis especial de humildad y no pensar demasiado. La lección fue inequívocamente confrontadora y real. Fui un espectador de la pura impermanencia de la vida, sin ningún tipo de filtro de moda. Me di cuenta de que la muerte, si la tomamos como es, no entiende de maquillajes falsos ni de glamour brillante, porque la muerte es dura, cruel y cruda.

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Nube de púas y plumas devorando los restos de los cadáveres.

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Jóvenes tibetanos observando el ritual. Se les pide que asistan a la ceremonia al menos una vez en la vida para ser conscientes de la existencia fugaz en la que se basan sus creencias.

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Joven estudiante budista y un buitre: uno intenta comprender el papel del alma etérea en esta vida; el otro ejecuta el fin físico del ciclo de la existencia.
Al dejar Larung Gar, comencé a vislumbrar algo profundamente espiritual en esta práctica. Quizás una idea romántica, aunque violenta, de retorno y entrega incondicional a la naturaleza.
No podemos negar que somos una parte inequívoca e ineludible del ciclo de la no permanencia. La vida está interconectada con la muerte y ambas se necesitan mutuamente para crear un equilibrio coherente. Esta convivencia suena lógica, pero tenía muchos deberes que hacer en casa.
Mi asistencia a ese rito marcó un punto de inflexión en mi forma de entender y asimilar la muerte. Comencé a cuestionar nuestro fuerte vínculo emocional con el difunto, incluso cuando la chispa de la vida ya ha desaparecido. También me pregunté si los budistas tibetanos alguna vez podrían entender nuestros ritos occidentales: los difuntos maquillados, confinados dentro de una caja de madera muy costosa, listos para ser enterrados bajo tierra.
Y lo más irónico de todo: hecho para que parezca lo más vivo posible.
Nota del editor: Al visitar sitios sagrados, es importante mantener una actitud respetuosa y distanciada, como lo hizo este fotógrafo.
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